Nostálgico retrato de la pre adolescencia en la España de los 80, sin duda alguna el último film de Pau Freixas supone un auténtico soplo de aire fresco en la cinematografía española. Haciendo claras referencias al cine de aventuras y fantasía norteamericano, que hicieron soñar y disfrutar a toda una generación de adolescentes en plena efervescencia democrática de nuestro país; Los Goonies, La Historia Interminable, E.T. El Extraterrestre, Exploradores, Cuenta Conmigo, etc. y como no, es imposible obviar las claras referencias a la serie estrella de la televisión Verano Azul. Compuesto por un sólido reparto de caras conocidas como las Lluis Homar, Emma Suárez, Alex Brendemühl o Eva Santolaria, que respaldan un deslumbrante y sorprendente grupo de jovencísimos actores que debutan en la gran pantalla creando una enorme química entre todos ellos y haciendo creíbles unos personajes con los que los espectadores no tienen problema en sentirse inmediatamente identificados. Si, es verdad, incluso uno de los actores tiene un parecido asombroso con otro icono ochentero de la gran pantalla; Corey Feldman.
Hace unos días se confirmó la noticia que había empezado a circular de forma no oficial desde hace varios meses. Después de Camarón el actor barcelonés Óscar Jaenada afronta un nuevo reto en su carrera profesional; meterse en la piel de una de las figuras más emblemáticas del mundo del espectáculo del panorama Latinoamericano: Mario Moreno “Cantiflas”, cuyo centenario de su nacimiento tendrá lugar el próximo año cuando se espera que la película se estrene a nivel mundial. Catalogado como el Charlie Chaplin de México, Cantiflas se convirtió en una figura mundialmente conocida analizada por críticos de los medios de comunicación, filósofos, antropólogos y lingüistas, quienes lo veían como un peligro para la sociedad mexicana, una marioneta burguesa, un tipo de filántropo, un capitalista aventurero, un violador de los papeles del sexo, un innovador verbal y un payaso picaresco.
Varias son las reflexiones que me han ido rondando por la cabeza estos últimos meses y que me han suscitado especial interés en relación con esta cambiante e impredecible industria del audiovisual. Para empezar está la que ha montado el fenómeno Avatar a nivel mundial, obligando a exhibidores a subirse a la moda del 3D y por consiguiente invitando a los espectadores a desembolsarse un tanto por ciento más del coste de su entrada habitual haciéndonos creer que el incremento es proporcional a la calidad y espectacularidad de la cinta. Pero claro un proyector digital de estos sale bastante caro y por lo tanto hay que sacarle la mayor rentabilidad posible, en ese sentido puedo entender a sus empresarios. Lo que me cuesta tolerar es que traten de imbéciles a los espectadores de turno vendiéndoles el formato tridimensional como si fuera el último gran invento del siglo y haciéndonos creer que una película mejora considerablemente sus aspectos visuales olvidando que lo importante en el cine es la historia que se nos quiere contar y los mecanismos narrativos que se ponen en práctica para que llegue de la forma más eficiente posible.
