Qué gozada, qué disfrute, que deleite visual y sensorial. Esto sí que es cine, sentarme en una butaca y dejarme llevar por las imágenes salidas de la mente de un señor inspirado que ama constantemente lo que hace y que lo proyecta en una pantalla plagada de guiños cinematográficos al servicio, creo yo, del goce de mentes cinéfilas.
Vale, puede que se note con descaro que sea un film hecho por y para judíos, puede que en ocasiones sientas que carece de cierta trascendencia que no se notaba en sus anteriores películas, pero sus ingeniosos diálogos siguen igual de frescos, sus giros imprevistos al final de sus secuencias, aspectos técnicos sumamente cuidados y para colmo un soberbio Christoph Waltz, un desconocido actor austriaco para el gran público y que con su interpretación del Coronel Hans Landa pasa a engrosar la última lista de moda sobre famosos villanos del celuloide, donde acaban de inscribir su nombre Heath Ledger y Javier Bardem.
